
Los médicos de Saltillo, la capital, de la vecina Piedras Negras, de las más remotas ciudades de Durango, Ciudad Juárez, San Luis de Potosí o Zacatecas, no se atrevían a garantizarle a don Ismael Mier Castaño, que su mujer estuviera gestando a un varón. Le temían más que al mordisco de una serpiente coralillo, tal era su fama de colérico, al no ser la primera vez que algún inocente saliera de la hacienda con un puñado de plomo sembrado en las pompas. Razones de estadística contundencia para no asumir el riesgo del sexado. Era el tercer embarazo de su santa esposa y los dos previos, malos partos, le habían traído al mundo, a su mundo de jaripeo y pistoletazo, dos niñitas blancuzcas, hoy doncellitas almibaradas, a las que decía amar, y amaba dicen, desde una bronca distancia malhumorada.




