Palmas por Bulerías

Anochecía en La Habana con esa luz incisa que tan sólo las ciudades salinas atesoran. Ante la Catedral, me pidieron que tocara las palmas, al entender que allí debían sonar con el brillo de Cádiz. Yo aprendí de niño a tocarlas al compás, modesto arte de adusta relevancia, ya que pocas son las herramientas rítmicas con las que cuenta el cante flamenco. Al no existir pautas canónicas, todo se circunscribe a administrar
Fatuma
Durante la vergonzante y rocambolesca colonización rusa en Somalia, muy avanzado el siglo pasado, los invasores pensaron que lo primero que había que hacer era enseñarle a nadar a los pastores, para convertirlos en pescadores, y lo segundo otorgarle a las mujeres el recíproco derecho al repudio. La primera medida no dio el menor fruto, pues manda narices convencer a un pastor, heredero de las tradiciones multiseculares del pastoreo bíblico, a que abandone la majada para meterse a pescar, a jugársela en un medio mucho más proceloso y misterioso para ellos que el desierto. Ahora, eso si, por una miaja no se ahogaron un puñado de ellos, pues el pánico los ponía más tiesos que una mojama y, ¡qué dolor!, ni acertaban a asirse a los flotadores.
La segunda medida, por el contrario, consiguió calar eficazmente, como la humedad cala los huesos, en las estructuras tribales nómadas, consiguiendo despedazar las estructuras sociales en un santiamén. Las mujeres aprendieron, en un alarde de aprendizaje cultural meteórico, que podían poner a su marido de patitas en la calle y además que les podían endilgar a los hijos, con un sencillo trámite basado en una denuncia verbal ante el improvisado comisario político de la tribu. Pocas medidas de entre las incultas y arbitrarias, dictadas por la presunta modernidad progresista y la redención, han generado mayor destrozo cultural y antropológico en un pueblo. Debía haberse regulado, en todo caso, el licencioso derecho de los hombres a repudiar a sus mujeres por un quítame allá esas pajas, en vez de desdoblar semejante rudimento legal por muy consuetudinario que fuera. (…)
